Economía

Hora cero: Nuestra región de cara a la pandemia

Es verdad que la his­toria registra antes el paso devastador de grandes pandemias, pero ninguna irrum­pió en un mundo tan poblado (más de 7.700 millones de perso­nas) ni tan interconectado y con un planeta ambientalmente en­fermo. Es la mayor crisis humana y de salud que hemos encarado. Su abordaje efectivo ha de mante­ner esta afirmación como brújula central. Tiene, por cierto, profundas implicancias económicas, pero el centro de la atención, el foco de las decisiones de política pública, han de estar en la salvaguarda de uno de los bienes públicos globales más preciado: la salud y el bienestar de las personas.

Con esto en mente es oportu­no señalar que cinco son los prin­cipales canales externos de impac­to para América Latina y el Caribe: la declinación de la actividad eco­nómica de nuestros principales so­cios comerciales, especialmente China; la baja en el precio de nues­tras materias primas (commodi­ties); la interrupción de las cade­nas globales y regionales de valor; la baja aguda en la demanda de servicios de turismo que afecta fundamentalmente a El Caribe; y un aumento en la aversión al ries­go y el empeoramiento de las con­diciones financieras globales y la salida de capitales de la región, con la consecuente devaluación de nuestras monedas.

El embate del Covid 19 nos en­contró en mal momento. Para el mundo, el año pasado 2019 había registrado el peor desempeño de la última década (2,5% PIB). Para América Latina y el Caribe el des­empeño era aún más dramático. Para encontrar crecimientos peo­res a los que la región registró en los pasados siete años, hay que re­montarse siete décadas.

Hace solo pocos meses, y tras cerrar un 2019 con un pobre cre­cimiento regional de solo 0,1%,  CEPAL estimaba que el 2020 vería un repunte tímido y que la tasa al­canzaría un alza de 1,3% del PIB. Hoy, una aproximación conserva­dora, con los datos que aún se van consolidando, nos dice que Amé­rica Latina y el Caribe registrará para este año un crecimiento ne­gativo de -1,8% con probables ses­gos a la baja.

Los impactos de la crisis en nuestros socios comerciales prin­cipales hacen preveer asimismo caídas en el valor de nuestras ex­portaciones regionales de una magnitud que podría llegar a -10,7%. Estos antecedentes antici­pan un significativo aumento en el desempleo conjuntamente con un  aumento de la informalidad en los mercados laborales.

Los efectos consecuentes de crecimiento negativo y aumento del desempleo se traducen en au­mento de pobreza y pobreza ex­trema. Para 2020, de confirmarse los datos base, pasaríamos de los actuales 186 millones de pobres a 220 millones, y de los actuales 67,5 millones de latinoamerica­nos y caribeños que viven en con­dición de pobreza extrema a 90,8 millones. Esta crisis nos encuentra con sistemas de salud fragmenta­dos y sin cobertura universal don­de más del 47% de la población se encuentra sin acceso a la seguri­dad social. Una crisis que se encar­niza especialmente con los 58 mi­llones de mayores de 65 años en nuestra región.

El desafío es enorme y obliga a renovar la caja de herramientas. Cada país tendrá que explorar y expandir creativamente el marco de sus posibilidades de respues­ta, reconociendo que no hay rece­tas conocidas, pero reconociendo  también que hay algunos pasos imperiosos.

En la actual situación no se pue­de desconocer que se necesita un estímulo fiscal masivo para, entre los varios desafíos, apuntalar los servicios de salud y proteger los ingresos y los empleos. Hoy no se puede interrumpir la provisión de bienes esenciales (medicamentos, comida, energía) y se debe garan­tizar el acceso universal al testeo de Covid 19 y al cuidado médi­co de todos quienes lo requieren. Proveer de los fondos necesarios a nuestros sistemas de salud es un imperativo ineludible.

Cuando hablamos de estímulo fiscal masivo hablamos también de financiar los sistemas de pro­tección social que atienden a los sectores más vulnerables. Habla­mos de desplegar programas no contributivos como las transferen­cias directas, financiamiento a los fondos de desempleo, beneficios a los subempleados y trabajadores por cuenta propia.

Asimismo, los bancos centrales tienen que asegurar liquidez para que el aparato productivo garan­tice la continuidad de su funciona­miento. Estos esfuerzos deberán traducirse en apoyos a las empre­sas con préstamos a interés cero para pagar salarios. Igualmente, se deberá apoyar a las empresas y hogares con la postergación de

pagos de créditos, de hipotecas y arrendamientos. Se requerirá de muchas intervenciones para ase­gurar que no se interrumpa la ca­dena de pagos. Los bancos de de­sarrollo deberán jugar un papel importante. Y por cierto los orga­nismos financieros multilaterales tendrán que considerar políticas nuevas de préstamos a bajo inte­rés y ofrecer alivio y postergación en el servicio de las deudas actua­les para abrir espacio fiscal.

También adopta sentido de ur­gencia el levantamiento de las sanciones y bloqueos unilaterales, impuestos en el mundo y en nues­tra región, que dificultan a pobla­ciones enteras, el acceso a bienes y servicios indispensables para com­batir el desafío sanitario. Las con­sideraciones humanitarias están hoy por sobre cualquier diferencia política. La salud no puede ser re­hén de rencillas geopolíticas.

El momento es complejo y nos encuentra con un planeta enfer­mo. Viviendo uno de sus peores momentos en materia ambiental: océanos y ríos contaminados, bos­ques devastados, suelos erosiona­dos, masiva extinción de especies, y ciclos climáticos alterados. Este debe ser el momento de pensar en la insostenibilidad del modelo de desarrollo extractivista y desigual.

Esta nueva crisis de salud ha ex­puesto la fragilidad de esta globa­lización y del modelo de desarro­llo en el que se sostenía. El quiebre de las cadenas proveedoras, la ba­ja en el crecimiento global y el des­empeño de los mercados financie­ros han exhibido la vulnerabilidad global de nuestras economías. Ante la evidencia de esta crisis la comunidad mundial tendrá que confrontar el hecho de que la glo­balización no funcionó como pro­metía y que debe ser reformada.

El desacoplamiento entre los mercados financieros y los flujos de la economía real debe ser con­tenido y regulado. El comercio in­ternacional no es un motor inevi­table de crecimiento a largo plazo sin políticas de diversificación y transformación productiva. Las desigualdades, entre países y al interior de ellos, agravan la fra­gilidad del sistema global y de­ben ser revertidas.

Esta pandemia entraña el po­tencial de transformar la geopo­lítica de la globalización, pero es también una oportunidad para relevar los beneficios de las ac­ciones multilaterales y abrir es­pacio al necesario debate sobre un nuevo, sostenible e igualita­rio modelo de desarrollo. Para “Inventar si es preciso, palabras nuevas e ideas nuevas, para es­tas nuevas y extrañas realidades que nos han salido al paso”.

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